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Aunque el término “iglesia” suena familiar para cada uno de nosotros, cada vez se desconecta y aleja de la realidad que nos revela la Palabra de Dios, es más, algunos, por el simple hecho de ver un edificio con un aviso que diga “Iglesia cristiana,” dan por sentado que allí se reúnen personas que tienen una relación con Dios.

Sin embargo, lo cierto es, que no todos aquellos que se autodenominan como iglesia de Cristo, viven como sus verdaderos representantes en esta tierra, porque se parecen tanto al mundo, que es prácticamente imposible saber si se trata de creyentes genuinos o no, pues su conducta, su manera de hablar y sus actitudes, sus anhelos, sus propósitos en esta vida son iguales a las exhibidas por los incrédulos que viven esclavos del pecado y rebeldes contra Dios y su Hijo.

Esto es precisamente la situación que estaba atravesando la Iglesia de Corinto, pues habían llegado a oídos del Apóstol Pablo, noticias desalentadoras acerca de su comportamiento, que desdibujaban el evangelio de Cristo, ya que había contiendas, rivalidad y divisiones (Cap.1), practicaban y toleraban la inmoralidad (Cap.5), comían alimentos sacrificados a los ídolos (Cap.8), practicaban la idolatría (Cap.10); se embriagaban y comían sin medida en la cena del Señor (cap11) eran egoístas y se vanagloriaban por sus dones, no tenían amor (Cap.12-14) y habían olvidado la segunda venida de Cristo.  (Romanos 1:22-32 se describe a Corinto)

Aún así, Pablo no inicia su carta inmediatamente con una fuerte exhortación, o dudando de su fe, sino que, por el contrario, les recuerda el llamado que tienen como iglesia de Cristo, ilustrando en estos primeros nueve versículos el perfil que gozan como Iglesia, para invitarlos al arrepentimiento y a vivir de acuerdo con el propósito de Dios.